Cristo, primer amor y razón de toda entrega.
Hay decisiones que no se repiten, sino que se profundizan. Con esa certeza, las Junioras renovaron sus consejos evangélicos durante la celebración eucarística, haciendo de este momento una nueva profesión de confianza en Aquel que un día las llamó por su nombre y continúa sosteniendo su vocación.
Iluminada por la exhortación de san Pablo: «Te recomiendo que reavives el don que recibiste de Dios», la celebración invitó a contemplar la vida consagrada como una historia de amor que nunca deja de comenzar. Reavivar el don significó volver a la fuente, reconocer la fidelidad de Dios en el camino recorrido y abrir el corazón a la novedad del Espíritu, que sigue haciendo fecundo el primer “sí”.
En un clima de oración y gratitud, cada hermana renovó su compromiso de vivir la pobreza, la castidad y la obediencia, no como una meta alcanzada, sino como una respuesta que se recrea cada día en el encuentro con Cristo. Porque la vocación no permanece viva por el paso del tiempo, sino por la capacidad de dejarse sorprender, una y otra vez, por el amor de Dios.
La Eucaristía condujo a las participantes al centro de su consagración: Cristo, primer amor y razón de toda entrega. Allí, el “sí” pronunciado años atrás encontró un nuevo significado. Ya no era solo el recuerdo de un comienzo, sino la expresión de una alianza que madura, se purifica y crece al ritmo de la fidelidad cotidiana.
Con el corazón ensanchado por la gracia, las Junioras reafirmaron su deseo de seguir a Jesús con alegría y de entregar la vida a los jóvenes, haciendo suya la oración que marcó la celebración: «Señor, aquí estoy para seguirte y entregar mi vida por Ti».
En esta fiesta, el Instituto volvió a contemplar una verdad que atraviesa toda vida consagrada: el primer “sí” nunca pertenece al pasado. Cada día encuentra una nueva oportunidad para hacerse más libre, más consciente y más pleno, cuando se deja abrazar por el amor de Dios.