El señor nos habla al corazón

06
Abr

Escuchar la voz de Dios en lo cotidiano.

El 7 de marzo la Comunidad María Auxiliadora (Casa Taller) vivió una profunda jornada de desierto, marcada por el silencio, la oración y la reflexión, acompañadas por el hermano Francisco Orozco, ermitaño residente en una vereda de Montebello y formador de jóvenes en la CRC y de novicios benedictinos.

Durante la mañana, la meditación se centró en el pasaje bíblico de las Bodas de Caná, desde el cual se invitó a renovar el gozo de la vocación como esposas de Jesús. A partir de este texto, se profundizó en su significado como signo de la alianza entre Dios y la humanidad, destacando la presencia de María como figura que, desde su intuición y maternidad, acompaña la unión entre lo divino y lo humano.

De manera simbólica y pedagógica, el hermano Francisco explicó el proceso del vino como imagen del camino espiritual: las uvas arrancadas del árbol, representan el desprendimiento necesario en el seguimiento de Cristo; al ser trituradas, evocan el anonadamiento vivido por Jesús y sus discípulos; y, finalmente, al fermentar en odres nuevos, expresan la vida nueva que se fortalece en el silencio, el amor de Dios y la esperanza confiada en Él.

La mañana concluyó con un gesto significativo, en el que cada participante compartió un brindis, expresando desde su interior el eco de la meditación vivida.

En la jornada de la tarde, la reflexión se iluminó con el relato de los cinco panes y los dos peces, resaltando que los panes eran de cebada, considerados “pan de pobres”, como signo de que Dios realiza grandes obras a partir de lo sencillo y aparentemente insuficiente. Desde esta perspectiva, se invitó a reconocer que, al poner la propia pobreza en manos de Dios, Él la transforma en abundancia.

A partir de esta enseñanza, se propuso una reflexión concreta sobre la vida fraterna, simbolizada en los “panes” que cada persona está llamada a ofrecer: el pan de la mirada, que invita a revisar cómo se perciben las limitaciones de los demás; el pan de la escucha, orientado a acoger con atención y ternura; el pan de la palabra, que llama a comunicar con bondad y esperanza; el pan de las manos, como expresión de cercanía y servicio; y el pan de los pies, que impulsa a salir al encuentro del otro con paciencia y caridad.

Por su parte, los “peces”, dinámicos y activos, fueron presentados como símbolo de la inteligencia y el corazón puestos al servicio de la vida comunitaria, animando a generar iniciativas creativas que promuevan el bien común y fortalezcan los lazos fraternos.

Esta jornada de desierto dejó una profunda huella en las participantes, renovando su disposición a escuchar la voz de Dios en lo cotidiano y a responder con generosidad desde una vida entregada y atenta a las necesidades de los demás.

  • Sor Margarita Morales

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